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LA CASA DEL YO

Sin duda alguna en el mes de Diciembre de cada año se repite el mismo ritual social en que cada uno pone sus esperanzas en que el período que comienza sea mejor y más venturoso.
Otros tienden a deprimirse porque hacen una especie de balance de la propia vida y encuentran que este no arroja un saldo favorable, o peor aún, se observan dolorosas pérdidas.
Las personas religiosas oran fervorosamente por la buenaventura; los supersticiosos van a leerse el Tarot, y los ateos y materialistas se preparan para aturdirse con la vorágine de regalos navideños y las burbujas del champagne de año nuevo.
Los pobres hacen votos para que el gobierno de turno los ayude a mejorar su situación económica y el gobierno, a su vez, cruza los dedos para que todo salga bien.
Los niños se confunden porque perciben que, en el fondo, nadie entiende nada, y se preparan, a su manera, para mejorar las cosas, sin considerar que  sus padres, abuelos, y bisabuelos trataron de hacer  lo mismo.
Los adultos proclaman que “la nueva generación es la esperanza del mundo”, olvidando que sus  progenitores tenían la misma consigna, y a pesar de las buenas intenciones “el mundo sigue igual”, como un tango que se hubiera quedado pegado en un antiguo “tocadisco”.
Los estudiantes reclaman ansiosamente por una educación de mejor calidad, pero nadie logra definir que cosa es eso y como lograrlo. Los ingenuos suponen que la solución está en contar con un presupuesto más elevado y mayor cantidad de computadores.
Diciembre es el momento de grandes pesares y alegrías, definiciones venturosas o dolorosas; de la alegría o la tristeza.
En suma, un año mas de la rueda del tiempo avanzando incesantemente con grandes cambios en el mundo.
Lo único que parece no cambiar es el ser humano, ya que, como la contingencia diaria lo demuestra, sus pasiones, apetitos, y desaciertos, son los mismos que hace 4.000 años o más, solo que estas debilidades revisten ahora un peligro inmensamente mayor por la existencia de armas de destrucción masiva y tecnologías engañosas que solucionan el problema X, con un costo secundario muy superior al original.
El progreso suele ser engañoso, y nos confunde hasta el extremo que tenemos la tendencia a identificarlo con un estado de excelencia humana.
Lo cierto es que en lo que atañe a nuestro mundo interno no hay avance relevante; más bien, declinación de valores tradicionales y atropello descarado de la intimidad mental del individuo mediante la proliferación de mensajes subliminales de toda índole.
Creo que la mejor consigna de fin de año es: “a grandes enfermedades, grandes remedios”.
Me refiero a la inutilidad de buscar recetas exteriores, cuando la solución está en el interior de cada cual.
Mientras el hombre no comprenda que “mientras más mira al exterior más ciego se vuelve”, difícilmente encontrará una calidad de vida superior.
No cometamos el error de buscar  afuera lo que está adentro; no son los ojos los que miran, es el cerebro; no vemos la realidad, solo contemplamos imágenes que nuestro cerebro intenta armar basado en nuestras propias fantasías y juicios previos, y el resultado es la existencia de un “multiverso”, es decir, que cada cual vive en un universo separado. Humberto Maturana niega la realidad objetiva independiente del observador, y sostiene la existencia de un “multiverso”, mundo construido por el observador. Esto refuerza el concepto de que el cerebro “falla” en el intento de armar una realidad más profunda y total en el sentido de comunicación con el universo, y la micro realidad personal es impotente para encontrar el camino hacia la real felicidad.
Nos explica también el origen de las dificultades de comunicación entre las personas y por cierto, la causa común de los propios problemas; solo vemos una ínfima parte de la realidad y marchamos por la vida incrustados en nuestro pequeño ego, sin lograr armar una realidad más profunda, sabia, y coherente.
Resulta obvio que el universo en sí posee existencia propia separada del ser humano, y que estamos unidos inseparablemente a la naturaleza, por lo cual nuestra calidad de vida depende de la comunicación armoniosa con la totalidad.
La llave maestra que abre todas las puertas que conducen a la solución de nuestros problemas reside en el desarrollo del mundo interno, capacitándonos para percibir la realidad interna  y externa en un nivel de vigilia mas elevado.
El mayor tesoro es el “tenerse uno mismo” adquiriendo una capacidad perceptiva mas fiel y objetiva. Como es obvio, solo adueñándose de sí mismo es posible liberarse de las pasiones y la violencia del cerebro reptil, aprendiendo a utilizarlo constructivamente.
Los que leen este artículo pueden auto regalarse para estas navidades el bien más importante de esta tierra; “la casa del yo”, un lugar interior donde pueden poner orden, paz, y coherencia, el sitio donde obtener una perenne felicidad.
Esto no es una utopía; la casa del yo fue conocida por Epícteto, Sócrates, Platón, Pitágoras, y muchos otros filósofos y buscadores que mediante la introspección penetraban regularmente en el mundo interior para unirse a su yo esencial, que es parte del Creador.
Si el yo vive en el exterior no se logra ser feliz; cuando el yo mora en el interior no se puede ser desgraciado.

     Darío Salas Sommer
Academia de Ciencias Raen
     Federación Rusa

         1° Diciembre 2006

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